Trazos de viento y de espuma. Lluvia de estrellas en la soledad de mis noches. Cantos rodados, pulidos por el revenir de mis olas. Locura de mis días y nostalgia de mis tardes muertas.

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Nombre: Luis David
Ubicación: Sta. Ana Chiautempan, Tlaxcala, Mexico

"Sólo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo." Woody Allen

domingo, diciembre 04, 2005

Félix


Félix murió en la noche de la Candelaria luego de tres semanas de dolorosa agonía después de que Jorge agotó su costal de recursos remediales y los cuidados franciscanos de Laura resultaron inútiles para contener el avance inclemente de aquel dolor sin remedio que acabó cerrándole la vida cuando ya no se podía respirar en el ambiente de pudridero que invadía todos los rincones de la vieja casona de cantera rosada que su abuelo había comprado en la antigua Calle Real desde los tiempos remotos del cura Hidalgo y que pasara de generación en generación para albergar ahora en la capilla improvisada al viejo patriarca restregado con lejía y amortajado sin verter una sola lágrima por la hija que le prodigó ya muerto los cuidados que le negó en vida a causa del rencor acumulado a lo largo de años y años de guerras apocalípticas por la oposiciòn denodada del padre a su relación con el estudiante de medicina que la pretendía y con el cuál se fugó una noche de jueves en la que todos dormían aturdidos por el estruendo de la fiesta de pirotecnia con la que festejaron los cuarenta años de la hermosa María que ahora lloraba en silencio y rezaba sin consuelo ante el cuerpo rígido de su esposo envuelto en la mortaja de lino crudo que ella misma adornara con un bordado de primores cuando previó la inminencia del final y que descansaba tendido sobre una mesa iluminada por la luz macilenta de cuatro cirios y rodeada por siete ramos de flores sofocantes que mezclaban sin misericordia su perfume abrumador con el tufo agrio de un plato de cebollas y vinagre que una mano piadosa había colocado bajo la mesa para limpiar el cáncer del aire y que con el olor a muerto reciente terminaron por confirmar aquel clima de marasmo aplastante que le cerró el entendimiento de por vida y que le habría de acompañar el resto de sus días junto con el frasquito para las pastillas de clorato de potasio que Félix le compraba como panacea para todos los males habidos y por haber e inventados en las noches de insomnio angustioso cuando esperaba el regreso del hombre comisionado por el gobierno para recorrer la sierra con la encomienda de recaudar los impuestos que los pobladores sumidos en una miseria bíblica pagaban ante la amenaza de las armas de aquellos espectros a caballo que llegaban de tanto en tanto y en grupos numerosos comandados por el demonio de cuerpo impresionante y voz de trueno que a punta de pistola reclamaba tributos y arrebataba posesiones bajo los argumentes irrebatibles del terror y que regresaba a la capital semanas después con las mulas derrengadas por los fardos de la ignominia que entregaba puntualmente en la casa del gobernador y por los cuales recibía un tanto en pago para ir satisfecho a reencontrarse con la María de sus amores que conoció desde niño y que fue su compañera de juegos en las arenas del potrero y con la que se bañara tantas veces en un remanso del río de aguas heladas hasta la tarde prodigiosa cuando se descubrieron aterrados mirándose atónitos por la conmociòn de sus cuerpos intactos que cubrieron confundidos con la certeza de haber sido tocados en el alma por un rayo de luz que les penetró el corazòn impaciente que amenazaba con brotarles del pecho y que los impulsaba a correr anhelantes cada cual por su lado a sudar la fiebre recurrente de la desnudez del otro y que rehuyendo los lugares comunes intentaron escapar con inútil afán del destino sin retorno que los ataba en aquel amor cocinado a fuego lento que asolaría sus vidas de allí en adelante sumiéndolos en el revolcadero de la pasión que los habrìa de consumir en una sopa de sobresaltos hasta los días aciagos de su vejez